Tema central

Las asimetrías del desempeño económico en América Latina y Asia Oriental: un análisis comparativo

Asymmetric economic performances in Latin America and East Asia: a comparative analysis

Eduardo Alberto Crespo

Docente del programa de Posgrado en Economía Política Internacional de la Universidad Federal do Rio de Janeiro, Brasil

Correo electrónico: ecres70@gmail.com

Bruna Machado Targino

Maestranda en Historia en el Centro de Investigación y Documentación de Historia Contemporánea de la Fundación Getúlio Vargas, Brasil

Correo electrónico: bruna.targino@coppead.ufrj.br

Recibido: 20-enero-2019. Aceptado: 26-febrero-2019.

Resumen

Este trabajo pondera algunos factores para interpretar las trayectorias de Latinoamérica y Asia Oriental. Durante el siglo xix, cuando se inició la llamada “Gran Divergencia”, Latinoamérica tuvo mejores resultados en términos de desarrollo económico y centralización estatal. Luego los desempeños se revertieron con la descolonización de los países asiáticos. Recuperadas las autonomías nacionales, Asía Oriental experimentó virulentos procesos de modernización. Desde entonces los países de la región son reconocidos ejemplos de desarrollo económico exitoso, mientras que América Latina luce un estancamiento económico relativo. Para interpretar estas trayectorias realizamos un análisis comparado basado en fuentes secundarias, como la bibliografía que ofrece los principales indicadores estadísticos sobre trayectorias y los principales textos que debaten la Gran Divergencia y los indicios de convergencia contemporáneos. Nuestra principal conclusión es que las ventajas de Latinoamérica en el siglo xix fueron políticas, ya que las nuevas naciones nacieron entonces como Estados independientes. Igualmente son políticas las ventajas actuales de Asia Oriental, debido a los múltiples factores apuntados en el texto que influyeron en la formación de sus Estados. Para evaluar los alcances de este trabajo se precisan más estudios sobre los impactos comparados de la colonización y los conflictos bélicos, especialmente en Latinoamérica.

Palabras claves: Gran Divergencia, América Latina, Asia Oriental, desarrollo comparado, convergencia, herencia colonial, guerra.

Abstract

This work analyzes some factors to interpret the trajectories of Latin America and East Asia. During the 19th century, when the so-called “Great Divergence” began, Latin America had better results in terms of economic development and state centralization. Then both performances were reversed with the decolonization of Asian countries. After recovering the national autonomies, East Asia experienced strong modernization processes. Since then, the countries of the region have been recognized as examples of successful economic development, while Latin America shows relative economic stagnation. To interpret these trajectories, we perform a comparative analysis based on secondary sources, such as the bibliography that offers the main statistical indicators on trajectories and the main texts that debate the Great Divergence and contemporary evidences of Convergence. Our main conclusion is that the advantages of Latin America in the 19th century were political, since the new nations were then born as Independent States. The current advantages of East Asia are also political, due to the multiple factors mentioned in the text that influenced the formation of their States. To evaluate the scope of this work, more studies are needed on the comparative impacts of colonization and armed conflicts, especially in Latin America.

Keywords: Great Divergence, Latin America, Eastern Asia, Comparative Development, Convergence, Colonial Heritage, War.

1. Introducción

Desde el siglo xix la economía mundial experimentó dos procesos complementarios. Primero, una tendencia al crecimiento económico como fenómeno persistente, aunque regularmente afectado por fluctuaciones cíclicas y crisis. Segundo, un crecimiento mundial muy desigual entre regiones y agrupaciones de países, aquello que Pomeranz (2000) denomina “Gran Divergencia”. La primera convirtió al desarrollo económico en una meta a alcanzar y condición para reproducir las relaciones de poder. La segunda dividió el mundo en economías ricas y pobres, en centro y periferia. La mayor distancia entre las tasas de crecimiento de Europa Occidental y las excolonias de poblamiento británicas en relación con el resto del planeta se produjo aproximadamente entre 1820 y 1950. Ese período fue jalonado por las grandes transformaciones técnico-materiales conocidas como primera y segunda Revolución Industrial.

Aunque dentro del vasto universo que compone la “periferia” existen rasgos comunes, las diferencias son notables, especialmente por la secuencia temporal del desarrollo y las condiciones geoeconómicas y geopolíticas que afectaron a cada región. Componen el subdesarrollo la mayor parte del continente asiático, África Subsahariana, Norte de África y Oriente Medio, América Latina y el Caribe. La principal excepción del “milagro europeo” es Japón (Jones, 1981). Se trató del único país de población no europea que en época tan temprana como las últimas décadas del siglo xix ya había unificado su territorio nacional, organizado un Estado moderno, iniciado un proceso de industrialización acelerado y consolidado un apreciable grado de autonomía tecnológica y militar (Crespo, Cardoso y Mazat, 2016). Es llamativo que las trayectorias comparadas de cada región de la periferia tuvieran desempeños marcadamente diferentes según las épocas. A cualquier observador de fines de la Segunda Guerra Mundial le habría sorprendido saber que unas pocas décadas después los países del Este Asiático se convertirían en ejemplos exitosos de desarrollo, mientras que América Latina destacaría como una región de estancamiento relativo. En términos de ingreso per cápita, hasta 1950 Latinoamérica constituía una “clase media del mundo”, superando por amplio margen los niveles de desarrollo material asiáticos y africanos (Bértola y Ocampo, 2013; Nayyar, 2013). Era una periferia compuesta por países que durante 130 años habían conservado sus independencias nacionales y que gozaban de niveles de vida e indicadores sociales y de desarrollo muy superiores al resto. En este trabajo buscamos ofrecer algunas claves para interpretar esta reversión de las fortunas continentales desde la posguerra. Además de esta introducción, la sección dos realiza un breve resumen de las trayectorias de ambos continentes desde el siglo xix hasta la década de 1980; la sección tres analiza el papel de la guerra y la amenaza de conflictos en la formación de los Estados en ambas regiones; la sección cuatro evalúa los desempeños asimétricos desde la denominada reglobalización de las últimas décadas; por último, la sección cinco ofrece algunas conclusiones finales.

2. Divergencia al interior de la periferia: del siglo xix
a la década de 1980

La performance más auspiciosa de Latinoamérica en relación con Asia Oriental durante el largo siglo xix en parte obedece al surgimiento de una división internacional del trabajo, en la cual la primera pudo ubicarse como exportadora privilegiada de materias primas y alimentos a los mercados de Europa (Findlay & O’rourke, 2009). La Revolución Industrial trajo aparejadas tecnologías y hábitos organizativos que transformaron de forma radical el comercio internacional. Los ferrocarriles y los barcos a vapor suscitaron una revolución en los transportes; el telégrafo y luego el teléfono hicieron lo propio con las comunicaciones; el frigorífico facilitó la comercialización internacional de alimentos perecederos. Sobre estas bases técnicas el comercio mundial experimentó un salto cualitativo sin precedentes. Los territorios que habían conformado los imperios español y portugués sufrieron una reorientación económica radical. El impacto simultáneo de las invasiones napoleónicas y la hegemonía naval, comercial, monetaria y financiera de Inglaterra fueron los detonantes principales que facilitaron las independencias políticas de los futuros Estados de la región (Novais, 1989; Lynch, 1976). Luego, la rentabilidad de la exportación primaria vinculada con la expansión de la demanda mundial, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo xix, funcionó como el incentivo prioritario que guió a las élites regionales a centralizar el poder en sus territorios por medio de la organización de Estados, para así conectarlos con las redes internacionales del comercio. Igualmente, la exportación fue la fuente primordial de la que surgió el financiamiento necesario para sustentar a las fuerzas militares que sustentaron la unificación en Estados luego de prolongados períodos de guerra civil (Saylor, 2014). Para la construcción de los Estados en la región también fueron fundamentales los vínculos de las élites locales con las finanzas internacionales, especialmente las británicas, puesto que la expansión del comercio, así como el traslado de tropas durante las guerras civiles, dependían de infraestructuras como los ferrocarriles, que casi invariablemente exigían condiciones de financiamiento en moneda internacional.

Si en Europa Occidental los Estados nacieron para librar guerras, en Latinoamérica los Estados nacieron como maquinarias orientadas a la venta de mercancías en mercados europeos. El continente tenía abundancia de recursos naturales y reducida densidad demográfica. En aquellos territorios aptos para la agricultura templada de tipo extensivo, como la pampa húmeda argentina, Uruguay y el sur de Brasil, la combinación de técnicas agrícolas, capitales e inmigrantes europeos fueron la fórmula mágica del despegue. Cuando en Londres se instalaron los ferrocarriles, el salto de productividad fue incomparable con todo lo visto anteriormente. Casi todas las economías de la región crecieron al ritmo de la incorporación de los nuevos territorios a la producción orientada al exterior. Para la región, en términos macroeconómicos, estas transformaciones coincidieron con una mejora notable de los términos de intercambio de las materias primas y alimentos en perjuicio de las manufacturas (Francis, 2013). Dicha tendencia favoreció la inserción de estas economías por medio de la exportación de productos primarios al costo de eliminar las rudimentarias manufacturas y artesanías preexistentes en la región. El saldo fue positivo en términos agregados, teniendo en cuenta que se trataba de espacios territoriales con reducidos niveles de densidad demográfica y abundancia de recursos naturales.

Inversamente, para Asia el siglo xix ofreció condiciones de inserción sumamente adversas en el nuevo sistema geopolítico y económico mundial. Mientras América Latina consolidaba Estados al menos formalmente independientes, la mayoría de los antiguos reinos e imperios asiáticos se transformaban en colonias, protectorados o semicolonias europeas o japonesas, en tanto que China, que durante milenios había sido el centro de la economía-mundo de Asia Oriental, gradualmente fue perdiendo grados de libertad hasta transformarse en un enorme espacio de disputa para las potencias extranjeras con injerencia en la región. Menos auspiciosa aún fue la inserción económica de los asiáticos en la recientemente creada división internacional del trabajo. Hasta entonces se habían destacado como imperios agrícolas comparativamente prósperos, a juzgar por parámetros de la era preindustrial, dotados de economías sumamente diversificadas en las cuales funcionaban grandes mercados. Los imperios asiáticos disponían de notables capacidades manufactureras, la denominada “protoindustrialización”, que en nada envidiaba a sus equivalentes de Europa Occidental. En Asia se producía aproximadamente 2/3 de la producción manufacturera mundial (Bairoch, 1982).

Sin embargo, el vertiginoso crecimiento de la productividad europea y el deterioro de los términos de intercambio de las manufacturas, sumado a las agresiones imperialistas a escalas también industriales, desencadenaron un abrupto proceso de primarización en la mayoría de las sociedades asiáticas a lo largo del siglo xix, con la excepción, una vez más, de Japón. Regiones de elevada densidad demográfica, como India y China, vieron desaparecer sus manufacturas y se convirtieron en exportadoras netas de productos primarios, cuando cualquier evaluación de potencialidades relativas habría sugerido un flujo de comercio en dirección inversa. Casi todas las sociedades asiáticas sufrieron una primarización de su estructura productiva, acompañada por inéditos procesos de desurbanización y “reruralización” (Gonzalo, 2018). Esta situación se mantuvo hasta la Primera Guerra Mundial y la crisis de la década de 1930, cuando la interrupción del comercio y la debacle económica subsiguiente facilitaron el resurgimiento de capitalistas locales —la “burguesía nacional”— y dieron inicio a una incipiente sustitución de importaciones (Hamashita, 2008).

La independencia de la India en 1947 y, en especial, la revolución comunista de China en 1949 encendieron la mecha emancipatoria de la región. El ejército nacionalista de China derrotado en el continente se refugió en Taiwán bajo protección estadounidense. Un año después, en 1950, estalló la guerra de Corea, que dividió el país en dos áreas de influencia luego de un conflicto sangriento. En 1954 un ejército vietnamita derrotó a los franceses, desencadenando la gradual y creciente intervención estadounidense hasta su retiro y derrota definitivos en 1975. La conmoción logró extenderse a todo el continente con impactos duraderos e irreversibles. En algunos países desencadenó represiones brutales con consecuencias regresivas en materia económica y social, como Indonesia, en 1965, o reformas progresivas como en Malasia. Asia Oriental vivió la posguerra como el área caliente de la Guerra Fría. A diferencia de América Latina, los nuevos Estados nacieron allí para hacer guerras y defenderse de amenazas, como ocurriera en Europa siglos atrás.

Para contener el aluvión continental desatado por la Revolución china, el Gobierno de Estados Unidos optó por construir un “cordón sanitario” para organizar la contención militar y económica del comunismo en la región circundante de bajo su control militar y estratégico, cubriendo así la mayor parte del área geográfica que durante siglos había formado el antiguo sistema de tributario chino (Hamashita, 2008). No casualmente fue en la periferia de China donde se registraron los casos más resonantes de desarrollo económico desde la posguerra hasta la actualidad: Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong1 y Singapur.2 Con características semejantes al ejemplo japonés, la guerra (social e internacional) y su amenaza siempre inminente, junto con la fundamental ayuda estadounidense, contribuyeron a formar sociedades cohesivas y Estados potentes y capacitados, que orientaron la acumulación de capital con objetivos prefijados en materia de adopción y desarrollo de tecnologías, infraestructuras, productividad y metas de exportación. Luego, durante la década de 1970, cuando las relaciones entre China y Estados Unidos comenzaron a relajarse, el espectacular desarrollo económico de la periferia china comenzó a trasladarse y reconectarse con el ancestral “Imperio del Centro”, núcleo milenario del sistema tributario, gracias a la apertura a inversiones extranjeras, la expansión de su enorme mercado interno y la continua ampliación de sus infraestructuras (Arrighi, 2009). Desde entonces China experimentó el más imponente proceso de desarrollo conocido en la historia. En 40 años la producción per cápita creció a tasas extraordinarias, centenas de millones de chinos abandonaron la pobreza, el país se encamina a convertirse en la mayor economía del mundo y ya está compitiendo en la frontera tecnológica con las economías más avanzadas.3

La trayectoria de América Latina comenzó a modificarse durante la Primera Guerra Mundial y la crisis de 1929. El virtual desmoronamiento del comercio internacional inevitablemente debía provocar modificaciones radicales en un continente organizado para comerciar con el mundo. En 1930 se produjeron rupturas políticas y surgieron nuevas coaliciones gubernamentales en casi todos los países de la región. El “modelo” agroexportador estaba herido de muerte. Algunos regímenes, como el brasileño, buscaron reorientar sus economías en direcciones alternativas; otros, como el argentino, se empecinaron en vano en restablecer el statu quo por cualquier medio. Como la continuidad de la acumulación de capital basada en mercados externos estaba virtualmente congelada por la crisis, a la larga todos optaron por promover una acumulación centrada en el mercado interno. Se crearon empresas públicas en sectores estratégicos y los gastos gubernamentales buscaron compensar la caída de exportaciones y la menor demanda privada. Durante la Segunda Guerra Mundial, en coincidencia con la mayor parte de Occidente, se promovieron ambiciosas reformas sociales y una distribución más igualitaria del ingreso. La ampliación del mercado interno y el apoyo político de los trabajadores urbanos se convirtieron en partes esenciales de las nuevas coaliciones, en las cuales convergían sectores de las burocracias estatales, como militares, sindicatos, clases medias urbanas, empresarios vinculados al mercado doméstico.

Desde entonces el desempeño económico de América Latina fue desparejo. Los países más poblados y con mercados mayores se desempeñaron mejor. Los procesos de industrialización alcanzaron niveles de complejidad intermedia solo en Brasil, México y en menor medida Argentina. La estrechez del mercado hizo que las experiencias industriales de las economías pequeñas fueran breves. Aunque experimentaron las etapas iniciales de toda industrialización, invariablemente terminaron retomando sus tradicionales orientaciones librecambistas. A partir de entonces, la restricción externa de divisas fue la limitación económica más conocida y estudiada en todos los países. Simultáneamente, los conflictos distributivos y los ciclos de naturaleza política asociados con ellos le dieron al desarrollo del subcontinente tintes dramáticos. Aún a fines de la década de 1970, cuando los regímenes de sustitución de importaciones comenzaron a menguar en resultados y el deterioro de las condiciones internacionales dificultaban la continuidad de las políticas desarrollistas, América Latina se encontraba varios pasos adelante de Asia en términos de desarrollo económico, competencia tecnológica y condiciones de vida. ¿Que sucedió desde entonces? ¿Por qué el desempeño latinoamericano fue tan decepcionante en la comparación?

3. Guerras y formación de Estados

La competencia grupal o grupalidad (grupishness), los conflictos entre agrupaciones de personas en sus distintas formas, son un factor estructurante de toda organización humana (Alexander, 1978 y 1990; Haidt, 2012; Greene, 2014; Turchin, 2016). Parte creciente de la bibliografía histórica y antropológica, así como una abundante evidencia proporcionada por la psicología evolutiva, indican que estamos programados para agruparnos, cooperar al interior de nuestro grupo y enfrentarnos a terceros. El conflicto organizado y la identificación de enemigos, la delimitación entre “ellos” y “nosotros”, está en la base de nuestra estructura psíquica, conforma nuestra identidad individual y comunitaria y se encuentra en la base de toda relación de poder. La guerra y las amenazas de guerras, sea que las consideremos como shocks asistemáticos pero irreversibles o como fuerzas regulares y sistémicas en la formación y reconfiguración permanente de las redes de poder, son factores determinantes en la organización de cualquier agrupación humana.

Uno de los rasgos que distinguieron a Europa de otras regiones, especialmente Asia, es que desde la caída del Imperio romano y más aún desde la fragmentación de Imperio Carolingio, se distinguió como un sistema de soberanía política fragmentada (Tilly, 1975 y 1990; Spruyt, 1996). Cientos de unidades soberanas e independientes compitieron durante siglos por controlar poblaciones y territorios de agricultura intensiva. En ese largo y sangriento proceso de depuración institucional predominó la centralización. De unas 500 unidades políticas europeas que existían en el año mil solo quedaban 25 en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Pero lo relevante es que nunca volvió a prevalecer de forma duradera en territorio europeo un sistema imperial como el que regía otras latitudes. Los imperios europeos se organizaron para fuera de Europa, especialmente en las Américas. De igual modo, las unidades políticas, los Estados, que surgieron a lo largo el tiempo, fueron el resultado de largos y contradictorios procesos selectivos mediados por guerras entre unidades políticas de dimensiones y poderío equivalentes. Es decir, por guerras efectivas o por la preparación sistemática para nuevos conflictos.

El tipo de guerra predominante y la amenaza de conflictos violentos en cada circunstancia histórica ayudan a interpretar las distintas formas en las que se organiza toda forma de poder centralizada. El funcionamiento de los Estados es diferente según los enemigos sean otros Estados u organizaciones de características no estatales (Keegan, 1994). El Imperio chino, por caso, durante siglos solo debió afrontar la presión militar de tribus nómadas sin Estado de las estepas de Asia Central. La geopolítica de Asia Oriental respondía a condiciones militares completamente diferentes de la europea. La asimetría de población y recursos entre el Imperio chino y los otros Imperios de la región, como Japón, Corea y Vietnam, eran incomparables a los desequilibrios que transitoriamente podían aparecer en Europa. En los hechos, Asia Oriental funcionó como un único gran imperio rodeado de satélites tributarios. Las guerras interestatales fueron infrecuentes. Los conflictos con los nómades, por el contrario, eran permanentes y decisivos, ya que ocasionaban cambios de dinastías e invasiones depredadoras. Armas eficaces en guerras europeas, como barcos y cañones, no funcionaban en esos conflictos, en los cuales no se libraban guerras navales ni existían ciudades amuralladas para bombardear (Chase, 2003). La relación intrínseca entre la capacidad para tributar, financiar gastos con deuda pública y promover el desarrollo técnico-militar, eran apenas incipientes en China y su área de influencia.

El denominado “Estado fiscal militar” europeo no disponía en la región de los incentivos bélicos que prevalecían en Europa. Esto se comprueba cuando se coteja el volumen de recursos que controlaban las unidades políticas asiáticas en relación con las europeas. Aunque las dimensiones de un imperio como el chino puedan impresionar, en la práctica el Estado allí disponía de un poder infraestructural muy inferior a sus equivalentes occidentales, a juzgar por su capacidad de penetración y control territorial, así como por su injerencia en la vida cotidiana de las comunidades. Tributaba y gastaba porciones muy inferiores a las europeas en relación con su PIB. Aunque durante milenios contó con una burocracia centralizada e impulsó grandes obras de infraestructura, como monumentales murallas y canales, su organización estatal tenía características muy diferentes de las que surgían en Europa. Este contraste se tornó evidente especialmente en el siglo xix cuando la mayor parte del continente asiático —con la sola excepción una vez más de Japón — nologró afrontar con eficacia las agresiones imperialistas de Occidente que derivaron en procesos de colonización o semicolonización. Vastos territorios y aglomeraciones humanas, antes regidos por grandes imperios asiáticos, quedaron bajo control directo o indirecto de poderes militares y financieros occidentales.

Sin embargo, la intromisión directa de europeos, estadounidenses y japoneses en los territorios de Asia Oriental fue breve en comparación con lo ocurrido en América. Asia Oriental no fue construida de “cero” como las sociedades y Estados que surgieron en el “Nuevo Mundo” durante siglos de colonización europea. Tampoco se produjo un mestizaje de proporciones significativas ni desaparecieron sus costumbres y sistemas de creencias. En toda la inmensa área de influencia china ni siquiera fueron abolidas las tradiciones burocráticas precedentes. De igual modo, la organización económica, especialmente los rasgos básicos que caracterizaron sus agriculturas, conservaron su impronta milenaria. Esta sigue siendo una diferencia de crucial importancia cuando se compara a esta región con América Latina. Aunque los europeos de un modo u otro dominaron Asia Oriental, en lo fundamental no modificaron las características étnicas ni culturales de la región. América Latina, por el contrario, pasados dos siglos de la independencia aún conserva jerarquías coloniales. Las clases dominantes son predominantemente blancas y descendientes de europeos, así como las clases medias, allí donde las hay, mientras que las clases subalternas se componen mayoritariamente de descendientes de indígenas y africanos. Aunque estas características son más acentuadas en los países andinos y en los lugares en los que la colonia se caracterizaba por la exportación de productos tropicales, como Brasil y el Caribe, constituyen un común denominador de toda la región. En América Latina la colonia dejó huellas indelebles. La lucha de clases se yuxtapone con estratificaciones y prejuicios con fundamentos raciales. Gestionar la exclusión de indígenas, negros y mestizos de la ciudadanía política y económica fue y sigue siendo una de las ocupaciones duraderas de todas las élites que controlan los aparatos estatales latinoamericanos (Cotler, 1986; Novais, 1989; Kurtz, 2013; Campanini Maciel, 2018).

Simultáneamente, la penetración militar y económica occidental desde el siglo xix tuvo para Asia Oriental consecuencias cruciales en la organización de sus Estados. La geopolítica de la región cambió de manera inexorable con la llegada de los europeos. Desde entonces los desafíos militares no volverían a ser las interminables escaramuzas con pueblos sin Estado, sino conflictos de elevada intensidad técnica y económica con otros Estados rivales de características semejantes, como ocurriera en la geopolítica europea durante centenas de años. La maquinaria estatal debió adecuarse a los imperativos de la guerra moderna. Los Estados que surgieron con la descolonización, y más aún a consecuencia de la Revolución china, solo podrían subsistir como unidades independientes si se organizaban bajo moldes análogos a los europeos. Podría especularse que los Estados asiáticos perfeccionaron atributos típicamente occidentales en un auténtico proceso de evolución cultural en los términos de Richerson y Boyd (2004). La geopolítica asiática de la segunda mitad del siglo xx impedía el resurgimiento de organizaciones estatales a la usanza de los viejos imperios. Las nuevas élites asiáticas tenían como prioridad consolidar sus autonomías nacionales, tanto para liberarse de la presión imperialista europea y japonesa, como para afrontar con autonomía la confrontación global entre Estados Unidos y la Unión Soviética. El desarrollo económico y la inclusión de sus habitantes dentro de la comunidad imaginaria nacional resultaron tareas imprescindibles para la sobrevivencia estatal y la estabilidad política.

Nada semejante sucedió en América Latina durante el siglo xx. Las élites que dirigen los Estados latinoamericanos ejercen soberanías virtuales sobre inmensos territorios sin la obligación de organizar su defensa ante poderosas amenazas exteriores. Su supervivencia política no depende de movilizaciones masivas y desesperadas iniciativas industrializantes. El desarrollo económico en América Latina no es un imperativo para la subsistencia de los Estados como organizaciones independientes ni es considerado vital para la preservación de las jerarquías políticas y económicas establecidas. Las políticas de corte desarrollista son defendidas, en todo caso, por sus eventuales efectos sobre la calidad de vida y con base en criterios de equidad social. Nunca fueron condición de vida o muerte. Los Estados organizados con ideales desarrollistas suelen ser un estorbo para las élites que echan sus raíces en la propiedad y control de recursos naturales. Al contrario, para ellas el librecambio sigue siendo aquella utopía que nunca debió abandonarse. Cualquier política que se propone modificar esta estructura invariablemente choca con la resistencia de estos sectores y con las redes de intereses económicos y diplomáticos internacionales con los que se integra al mundo, especialmente los de Estados Unidos.

La guerra y la amenaza de guerra, las revoluciones o incluso la simple proximidad geográfica con procesos revolucionarios, modifican la forma en que se procesan las contradicciones de clase. El clima de guerra y la amenaza de revolución forzó a las élites del Este Asiático a introducir las profundas reformas que modificaron las relaciones sociales desde su raíces. Tanto en Corea del Sur como en Taiwán, con el llamativo apoyo de EE. UU., fueron implementadas amplias reformas agrarias que desarticularon el poder terrateniente allí donde subsistía y generaron bases sociales más igualitarias de acumulación, al tiempo que le otorgaron al Estado un control directo sobre el excedente agrícola que en su momento fue utilizado como un instrumento para proveer alimentos baratos como modo de sustentar la industrialización y urbanización. Lo propio ocurrió en China y Vietnam mediante la vía más radical de la revolución (Stubbs, 1999 y 2017). Aunque el control de la tierra en estas regiones nunca se basó estrictamente en la propiedad privada a la usanza occidental, estas reformas contribuyeron a desbaratar las jerarquías que aún subsistían en la agricultura. En América Latina, por el contrario, las reformas radicales de estas características fueron de relevancia secundaria. La clase terrateniente consolidada en el siglo xix aún conserva márgenes significativos de poder y capacidad de veto sobre la política.

Igual contraste se observa en la organización de las fuerzas armadas. La identificación de eventuales enemigos y amenazas es un rasgo distintivo de toda organización especializada en la violencia. Mientras que para los ejércitos de Asia Oriental las amenazas se encuentran principalmente afuera de sus territorios, es decir, sus enemigos son representados por otros Estados, para las fuerzas armadas latinoamericanas los enemigos invariablemente se localizan dentro del territorio nacional. Las amenazas se revisten con ropajes diversos: “comunistas”, partidos de orientación popular, sindicalistas, estudiantes, periodistas, indígenas, negros, pardos, pobres. Mientras que en Asia la organización militar demanda desarrollo económico y en cierta medida promueve la inclusión de todos los habitantes dentro de la comunidad imaginaria nacional, en América Latina fue común que los militares identificaran el desarrollo económico y la inclusión social como fuentes de inestabilidad y amenazas al orden establecido. Los golpes militares de vocación antindustrial no fueron aberraciones sin sentido. Expresaron las verdaderas contradicciones que atravesaban la región.

4. Desempeños asimétricos frente a la reglobalización

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, los fragmentos escindidos de la economía mundial comenzaron a reconectarse nuevamente. Como apuntan Findlay y O’Rourke (2009), desde entonces asistimos a una segunda globalización, o “reglobalización”, respaldada por la potencia militar y económica de EE. UU. y encuadrada por medio de la creación de instituciones internacionales como la ONU, el FMI, el Banco Mundial. Hasta finales de la década de 1970 estas fuerzas aperturistas aún coincidían con organizaciones encargadas de regular el comercio y las finanzas. La acumulación de capital seguía improntas preponderantemente nacionales y el movimiento especulativo de capitales estaba fuertemente regulado. Estas restricciones comenzaron a diluirse en la década de 1970. Con los shocks petroleros y la drástica subida de tasas de interés adoptada por la autoridad monetaria estadounidense en 1979, el orden económico y financiero internacional se transformaría de manera irreversible (Tavares, 1985). Mediante mecanismos de persuasión y extorsión, desde entonces la potencia dominante promovió la liberalización internacional de capitales, la apertura de mercados, la liberalización financiera (Panitch y Gindin, 2012).

La avanzada neoliberal despojó a los Estados latinoamericanos de fundamentales mecanismos de intervención, como planes explícitos de industrialización, bancos estatales, empresas públicas, regulaciones, políticas comerciales. El ideal del desarrollo económico latinoamericano debió lidiar desde entonces con el paulatino desmantelamiento de los instrumentos de promoción y protección que imperaban desde 1930. Esta transformación impactó de modo muy diferente en ambas regiones. Desde sus orígenes la industrialización asiática fue diferente de la latinoamericana. Por carecer de recursos naturales como fuentes de divisas, los asiáticos debieron industrializarse con una orientación exportadora. La industrialización latinoamericana, por el contrario, nació y se desarrolló bajo el refugio de los mercados internos, en tanto que las divisas invariablemente provenían de exportaciones tradicionales. Era comprensible que en economías más abiertas los primeros contarían con mejores condiciones para adaptarse al nuevo escenario (Stubbs, 2017).

La continuidad estatal y la tradición burocrática es otro factor relevante para comprender la más efectiva actuación de los Estados asiáticos. Como apunta Arrighi (2009), los Estados de Asia Oriental que resurgieron en la posguerra fundan sus tradiciones burocráticas en los mismos imperios centralizados que dominaron esos territorios durante milenios. Los imperios de China, Japón, Corea y Vietnam siempre funcionaron con base base en organizaciones burocráticas competentes y los funcionarios eran escogidos mediante criterios meritocráticos. Desde el siglo vii, durante la dinastía Tang, la incorporación al mandarinato en China se basó en la aprobación de concursos públicos consistentes en exámenes, en los cuales los candidatos debían demostrar no solo alfabetización, sino también conocimientos de matemáticas, pericia poética, comprensión de clásicos, formación técnica y humanística (Lewis, 2012). En la mayoría de los casos, Latinoamérica aún carece de una tradición estatal equivalente. La inestabilidad política y las rivalidades revanchistas que atraviesan a los Estados en cada ciclo político impiden la formación de una burocracia meritocrática en condiciones de ejecutar políticas de Estado. El acceso a los empleos estatales continúa dependiendo, en gran medida, de relaciones personales o de parentesco.

El resurgimiento de China desde la posguerra parece reivindicar las mejores tradiciones burocráticas de su imperio milenario. Desde el inicio tuvo como pilar fundamental las iniciativas del partido-Estado, el que planea y conduce la continúa reconstrucción de su estructura productiva. A diferencia del recetario neoliberal dominante en Latinoamérica, asociado con el desarme de las principales instituciones de intervención y control, pero aún en concordancia con moldes capitalistas, el partido-Estado chino preservó y reforzó los principales instrumentos que caracterizaron la historia del desarrollo moderno. En forma directa o solapada controla precios básicos, como tasas de interés, tipo de cambio y salarios, al tiempo que regula los flujos internacionales de capital y orienta el sistema financiero (Nogueira, 2018). La heterogeneidad de su estructura de capital es un rasgo distintivo del capitalismo con “características chinas” (aunque los funcionarios prefieran definirlo como “socialista”). Existen empresas públicas controladas por el gobierno central, otras por gobiernos provinciales, innumerables empresas mixtas, variadas formas de asociación público-privada, joint ventures con firmas multinacionales, cooperativas, etc. Esta heterogeneidad conlleva la continua proliferación de nuevos miembros de la “burguesía nacional”, la cual, invariablemente, está asociada al partido-Estado (Lyrio, 2010).

¿Cómo lograron los regímenes políticos de Asia Oriental superar los efectos desestructurantes de la liberalización económica? El fin de la Guerra Fría y las demandas por democratización también facilitaron el surgimiento allí de coaliciones neoliberales inclinadas a desarmar mecanismos de intervención, liberalizar el comercio, abrir cuentas de capital. Como quedó en evidencia durante la crisis financiera de 1997-1998, también allí se implementaron reformas desestabilizadoras de cuño neoliberal. Sus economías fueron golpeadas en grados diversos, dependiendo de los diferentes niveles de liberalización de las cuentas de capital y de la mayor o menor adopción de políticas “mercantilistas”, consistentes en la acumulación de reservas internacionales. La continua presión geopolítica en la región fue quizás el factor principal que diferencia un continente del otro. La persistencia de amenazas estatales genuinas torna improbables los giros neoliberales extremos que comprometan la continuidad del crecimiento, la unidad estatal o la estabilidad de las jerarquías políticas. Aunque las burguesías “nacionales” desde el final de la Guerra Fría ganaron márgenes de presión en relación con las burocracias estatales y militares, estas aún conservan capacidad política para definir la orientación económica general.

El surgimiento de un poderoso sector privado en China, por ejemplo, no desestabilizó el orden político vigente. A diferencia de lo que sucede en América Latina, los capitalistas chinos, en lugar de presionar por reformas neoliberales, se acomodaron a la estrategia de desarrollo que el partido continúa definiendo de manera sorprendentemente autónoma. Además de los incentivos para adherir a las directivas estatales, McNally y Wraight (2010) apuntan los vínculos afectivos y de parentesco entre los principales miembros de la burguesía nacional y la dirigencia gubernamental. Es decir, existiría entre las élites de China un sentido generalizado de recíproca pertenencia, de afectos, que involucran incluso el intercambio de “favores” con criterios signados por el denominado guanxi, prácticas derivadas de la tradición confuciana tradicional, que si bien sufrieron los efectos de la revolución, aún están presentes en la vida cotidiana del país. La integración de los empresarios chinos, los “capitalistas rojos”, a la política general del Estado involucra una compleja dinámica social en la cual el partido logra conciliar las demandas empresariales por ganancias con el objetivo político fundamental centrado en la seguridad nacional y el desarrollo económico. Muchos miembros de la nueva burguesía desempeñan, o desempeñaron en el pasado, funciones en instituciones públicas. Esta coincidencia de intereses otorga al sistema político chino la cohesión necesaria para que las demandas políticas de los capitales privados no bloqueen la orientación desarrollista del partido (Mcnally & Wright, 2010).

5. Conclusiones

Cuando se compara la performance de las economías asiáticas frente a sus pares de América Latina se distinguen dos períodos claramente diferenciados. Desde el siglo xix hasta mediados del xx las economías latinoamericanas fueron más dinámicas y superaron con apreciable diferencia a las asiáticas en términos de PIB per cápita, salarios, niveles de urbanización y condiciones de vida. Pero desde entonces la tendencia se revirtió. Algunas economías de Asia, como Corea del Sur, Taiwan, Singapur y Hong Kong, superaron a las latinoamericanas con grandes diferencias y alcanzaron niveles de desarrollo equivalentes a Europa Occidental. Y más recientemente lo propio está ocurriendo con China y su área de influencia, especialmente Vietnam. Las ventajas de Latinoamérica durante la primera etapa se explican en mayor medida por las independencias nacionales y por contar con abundantes dotaciones de recursos naturales que facilitaron inserciones más favorables en la división internacional del trabajo que lideraban europeos y estadounidenses.

Todo lo contrario ocurre desde la posguerra, cuando las sociedades asiáticas recuperaron autonomía política y se organizaron como Estados modernos con rasgos adaptados de los europeos. Por estar sometidos a profundos y persistentes desafíos geopolíticos, además de recibir en ciertos casos el fundamental apoyo estadounidense, debieron promover agresivos procesos de industrialización con destino al mercado mundial. Las guerras latentes, la profunda y milenaria tradición burocrática y la ausencia de rasgos coloniales indelebles, como poderosas clases terratenientes y estratificaciones raciales, otorgan a los países de Asia Oriental mayores niveles de cohesión social y refuerzan el poder centralizador de sus Estados, circunstancia que les permite incorporar a sus nuevas clases empresariales en procesos de acumulación planeados y dirigidos desde el poder político, capacidades inconcebibles en el medioambiente neoliberal imperante en América Latina.

Finalmente, en relación con las perspectivas de América Latina, debe apuntarse la influencia que actualmente ejerce la propia Asia sobre la región. La literatura estructuralista clásica usualmente interpretaba el desarrollo económico como un proceso de convergencia hacia los estándares de productividad de Europa y Estados Unidos. Se trataba de aproximarse a economías maduras con reducida heterogeneidad estructural. En ellas la transición del mundo rural al urbano se había completado con la relocalización de sus poblaciones de las actividades tradicionales a las modernas. La posibilidad de convergencia, por definición, equivale a suponer que las mejoras potenciales de productividad en países subdesarrollados son mayores que en economías avanzadas (Bastian y Silos Sá Earp, 2012). Pero luego del ascenso industrial asiático, chino en particular, asistimos a una situación novedosa. Ya no se trata de equiparar niveles de productividad europeos, japoneses o estadounidenses. Ahora también se debería realizar un catch up con la producción china, país que todavía paga salarios comparativamente bajos —aunque crecientes— , su mercado habilita las mayores escalas de producción domésticas del planeta, posee una burocracia planificadora con orientación estratégica, dispone de un sistema financiero estatal al servicio del desarrollo económico, monta en tiempo récord colosales infraestructuras envidiadas en Europa y EE. UU. En otras palabras, las mejoras potenciales de productividad chinas son inmensamente superiores a las latinoamericanas. La convergencia industrial con China es una quimera inalcanzable, al menos para productos tradicionales.

Como ocurriera durante la segunda mitad del siglo xix a consecuencia de la Revolución Industrial, desde inicios de los años 2000 la influencia creciente de los costos industriales asiáticos revirtió parcialmente los términos de intercambio en favor de materias primas y alimentos en relación con los productos manufacturados. Si bien para Latinoamérica este efecto es favorable porque relaja la restricción externa, también reduce los incentivos a la industrialización y la diversificación de la estructura productiva al exigir niveles de productividad inauditos como condición para una eventual competitividad. Esta situación favorece a los tradicionales propietarios de recursos naturales y transforma la orientación librecambista y antindustrial de las élites regionales en un sentido común con sustento estructural. El estudio de la ascensión asiática y del estancamiento relativo latinoamericano no solo brinda valiosos criterios para evaluar el papel de la historia, los Estados y los escenarios geopolíticos. También obliga a repensar cuáles serían las bases para el desarrollo de América Latina en una economía mundial cada vez más influida por condiciones de producción asiáticas.

6. Referencias bibliográficas

Alexander, R. D. (1978). Group Selection, Altruism, and the Levels of Organization of Life. Annual Review of Ecology and Systematics 9: 449-474.

_____ (1990). How Did Humans Evolve? Reflections on the Uniquely Unique Species. University of Michigan Museum of Zoology Special Publication 1:1-38.

Arrighi, J. (2009). Adam Smith in Beijing. Lineages of the Twenty-First Century. Verso.

Bairoch, P. (1982). International Industrialization Levels from 1750 to 1980. Journal of European Economic History, vol. 11, n.º 2. Rome.

Bastian, E., y Sá Earp, F. de S. (2012). A última aula de Antonio Barros de Castro. Revista de Economia Contemporânea. vol.16, n.º 2. Rio de Janeiro.

Bértola, L., y Ocampo, J. L. (2013). El desarrollo económico de América Latina desde la Independencia. Fondo de Cultura Econômica.

Campanini Maciel, D. (2018). O Desenvolvimento do Capitalismo na Bolivia: do Processo de Formação do Estado Aparente ao Estado Plurinacional. Tesis de Doctorado, UFRJ/PEPI.

Chase, K. (2003). Firearms: A Global History to 1700. Cambridge University Press.

Cotler, J. (1986). Clases, Estado y nación en el Perú. Instituto de Estudios Peruanos.

Crespo, E., Santiago, M.C., Mazat, N. (2017). A dimensão geopolítica da experiência de desenvolvimento econômico durante a restauração Meiji (1868-1912). Revista da Escola da Guerra Naval [S.l.], v. 22, n.º 3, p. 607-642, mar. 2017. ISSN e-2359-3075. Disponible en: <https://revista.egn.mar.mil.br/index.php/revistadaegn/article/view/470>. Acesso em: 15 Jul. 2019.

Findlay, R., y O’rourke, K. (2009). Power and Plenty. Trade, War, and the World Economy in the Second Millennium. Princeton University Press.

Francis, J. A. (2013). The Terms of Trade and the Rise of Argentina in the Long Nineteenth Century. Ph. D. Thesis. London School of Economics.

Gonzalo, M. (2018). A Long-Term Narrative on India from Latin America: peripherization, national system of innovation and autonomous expenditures. Tesis de Doctorado, IE-UFRJ.

Greene, J. (2014). Moral Tribes: Emotion, Reason, and the Gap Between Us and Them. Penguin Books.

Haidt, J. (2012). The Righteous Mind: Why Good People Are Divided by Politics and Religion. Pantheon Books.

Hamashita, T. (2008). China, East Asia and the Global Economy. Regional and historical perspectives. Routledge.

Jones, E. (1981). The European Miracle: Environments, Economies and Geopolitics in the History of Europe and Asia (3.rd ed.). Cambridge University Press.

Keegan, J. A. (1994). History of Warfare. Vintage Books.

Kurtz, M. J. (2013). Latin American State Building in Comparative Perspective Social Foundations of Institutional Order. Cambridge University Press.

Lewis, M. E. (2012). China's Cosmopolitan Empire: The Tang Dynasty. Harvard University Press.

Lyrio, M. C. (2010). A Ascensão da China como Potência. Fundamentos Políticos Internos. Editora Fundação Alexandra Gusmão.

Lynch, J. (1976). Las revoluciones hispanoamericanas. Seix Barral.

McNally, C., & Wright, T. (2010). Sources of Social Supportfor China’ current political order: the ‘thick embeddedness’ of the private capital holders. Communist and Post-Communist Studies, pp. 189-198.

Nayyar, D. (2013). Catch Up. Developing Countries in the World Economy. Oxford University Press.

Nogueira, I. (2018). Estado e capital em uma China com classes. Revista de Economia Contemporância. Rio de Janeiro.

Novais, F. (1989). Portugual e Brasil na Crise do Antigo Sistema Colonial (1777-1808). Editora Hucitec, São Paulo.

Panitch, L., y Gindin, S. (2012). The making of global capitalism. London: Verso.

Pomeranz, K. (2000). The Great Divergence: China, Europe, and the Making of the Modern World Economy. Princeton University Press.

Richerson, P. y Boyd, R. (2004). Not by Genes Alone: How Culture Transformed Human Evolution. University of Chicago Press.

Saylor, R. (2014). State Building in Boom Times. Commodities and Coalitions in Latin America and Africa. Oxford University Press.

Spruyt, H. (1996). The Sovereign State and Its Competitors. An Analysis of Systems Change. Princeton University Press.

Stubbs, R. (1999). War and Economic Development: Export-Oriented Industrialization in East and Southeast Asia. Comparative Politics, vol. 31, n.º 3, pp. 337-355.

_____ (2017). The Origins of East Asia’s Developmental States and the Pressures for Change. In T. Carroll & D. Jarvis (Eds.), Asia after the Developmental State: Disembedding Autonomy (Cambridge Studies in Comparative Public Policy, pp. 51-71). Cambridge: Cambridge University Press.

Tavares, M. C. (1985). A Retomada da Hegemonia Norte-Americana. Revista de Economia Política, vol. 5, n.º 2.

Tilly, C. (1975). The Formation of National States in Western Europe. Princeton University Press.

_____ (1990). Coercion, Capital, and European States, AD 990-1990. Cambridge, Mass., USA: B. Blackwell.

Turchin, P. (2016). Ultrasociety: How 10,000 Years of War Made Humans the Greatest Cooperators on Earth. Beresta Books.


1 Ciudad originaria de China que controlaron los británicos desde la firma del tratado de Nanking (1842), que dio fin a la Primera Guerra del Opio y que funcionaría desde entonces como una bisagra financiera y comercial entre Occidente y China continental.

2 Por localización geográfica, Singapur divide los océanos Índico y Pacífico. Por ello siempre fue codiciado por los colonizadores europeos.

3 En términos de paridad del poder de compra, China ya es la mayor economía mundial. En términos nominales se ubica en segundo lugar y de continuar creciendo como en los últimos años superaría a Estados Unidos a mediados de la próxima década.

Estado & comunes, revista de políticas y problemas públicos. N.° 9, vol. 2, julio-diciembre 2019, pp. 183-198.

© Instituto de Altos Estudios Nacionales (IAEN). Quito-Ecuador.

ISSN impreso: 1390-8081 - ISSN electrónico: 2477-9245